jueves, 27 de abril de 2017

LAS LEYES ESPIRITUALES, DE VICENT GUILLEM


PREFACIO
El contenido de este libro es un mensaje de amor para toda la humanidad.
No importa cómo ha sido recibido ni de quién viene. Lo que importa es el contenido del mensaje. Eres libre de hacer lo que quieras con él, desde ignorarlo, criticarlo, censurarlo, hasta aplicártelo a tu propia vida. Esto último es lo que yo he hecho, aunque antes de ello haya podido pasar por alguna de las etapas anteriores.
Por tanto, dejo a tu criterio el decidir si el personaje de Isaías, mi interlocutor y protagonista de este libro, es un recurso literario o existe de verdad, si el diálogo entre él y yo que encontrarás expuesto en las siguientes páginas ha existido o no en realidad y en qué condiciones se ha producido. En cualquier caso, lo que sí es cierto es que es un mensaje escrito con el corazón para el corazón, tu corazón.

Mi esperanza es que te sirva a ti tanto como a mí me ha servido. Te sirva para conocerte a ti mismo, para despertar tus sentimientos, para liberarte de tu parte egoísta, para comprender el motivo de tu vida, de las cosas que te han ocurrido y te ocurren. Para que tengas esperanza, para que comprendas mejor a los demás y llegues algún día a quererlos, para que entiendas el mundo en el que vives, para que puedas sacar hasta de la mayor desgracia el mayor provecho para tu evolución en el amor. En definitiva, para que seas tú mismo, libre, consciente para experimentar el amor auténtico, el amor incondicional y que seas, por tanto, más feliz.
Con todo mi amor, para ti.


INTRODUCCIÓN
Siempre me he hecho muchas preguntas, preguntas muy profundas.
Son preguntas de esas que se llaman existenciales. Siempre he querido saber el motivo de mi vida, de la vida de todos nosotros. ¿Quién soy yo? ¿Por qué existo? ¿Por qué existen los demás? ¿Qué hacemos aquí? ¿Hemos venido a hacer algo en particular? ¿Por qué nacemos, por qué nos morimos? ¿De dónde venimos, a dónde vamos? ¿Hay algo después de la muerte?
Y ahí no acababa todo. Otras veces intentaba buscar la respuesta al gran número de injusticias que veo en el mundo.
¿Por qué la vida es tan injusta? ¿Por qué hay niños que, desde su nacimiento, que en su vida han hecho daño a nadie, sufren tan atrozmente, por hambre, guerra, miseria, enfermedades, abusos, malos tratos, por qué no los quiere nadie, mientras otros nacen sanos, en un entorno feliz y son amados? ¿Y por qué unas personas enferman y otras no? ¿Por qué unas personas viven mucho tiempo y otras mueren casi al nacer? ¿Por qué existe el sufrimiento, la maldad? ¿Por qué hay gente buena y gente mala, gente feliz y gente desgraciada? ¿Por qué he nacido en esta familia y no en otra? ¿Por qué me pasan estas desgracias a mí y no a otra persona? ¿Por qué le pasa tal otra desgracia a otra persona y no a mí? ¿De qué depende todo eso?

Otras veces eran preguntas respecto a los sentimientos.
¿Por qué no soy feliz? ¿Por qué quiero ser feliz? ¿Cómo puedo ser feliz? ¿Encontraré un amor que me haga feliz? ¿Qué es el amor, qué son los sentimientos? ¿Qué es lo que yo siento? ¿Merece la pena amar? ¿Sufrimos más cuando amamos o cuando no amamos?
Supongo que tú, en algún momento de tu vida, también te las habrás hecho o te las sigues haciendo de vez en cuando. Pero como estamos tan entretenidos en nuestro día a día cotidiano, son pocos los momentos en los que nos las planteamos conscientemente y poco el tiempo que dedicamos a intentar resolverlas. Tenemos muchas obligaciones, tenemos muchas distracciones. Y como aparentemente no encontramos la respuesta y el buscarla nos hace sentirnos inquietos, preferimos dejarlas aparcadas en un rincón en nuestro interior, tal vez creyendo que así sufriremos menos.
¿Existe una respuesta a cada una de estas preguntas? Pero no busco una respuesta cualquiera, sino una respuesta que sea verdadera.

¿Existe una verdad? ¿Cuál es la verdad? ¿Dónde buscar la verdad? ¿Cómo reconocer la verdad?
Yo siempre he sido una persona escéptica, incrédula, pero al mismo tiempo abierta a investigar. Me ha gustado comprobar las cosas por mí mismo. Te aseguro que he buscado durante mucho tiempo la respuesta en lo que se nos ha enseñado desde pequeños: las religiones, la filosofía, la ciencia. Cada una tenía su cosmogonía particular, una forma de entender el mundo. Pero siempre parecía haber un límite, tanto en las religiones como en la ciencia, para explicar la realidad tal y como yo la percibía. Siempre he encontrado respuestas incompletas, incoherentes unas con otras, alejadas de la realidad, que seguían sin responder satisfactoriamente a mis preguntas. Por mucho que intentara profundizar, al final encontraba un muro infranqueable, la respuesta final que obstaculizaba mis deseos de indagar más y más.
La respuesta final que obtenía de la religión era, más o menos, esta: “Es la voluntad de Dios. Solo él lo sabe. Nosotros no lo podemos comprender”. Es decir, que no podemos comprender por qué unos nacen en circunstancias más o menos favorables, por qué unos enferman y otros no, por qué unos mueren antes y otros después. No podemos comprender qué es lo que pasa después de la muerte, por qué te ha tocado vivir con esta familia y no en otra, por qué en este mundo, por qué permite Dios que haya injusticias en el mundo, etc.
La respuesta final que obtenía de la ciencia era más o menos que hay una explicación física para todo, pero a nivel filosófico, las respuestas a casi todo son: “Es fruto de la casualidad” o “No puede demostrarse científicamente que tal o cual cosa exista o no”. Es decir, no hay una razón por la cual existes, no hay un motivo particular por el que vivir. Si naces en las circunstancias en las que naces, más o menos favorables, es por azar. Si te toca estar enfermo o sano de nacimiento, nacer en una familia u otra, morirte antes o después, es por azar. No se puede demostrar científicamente que exista la vida antes del nacimiento, ni la vida después de la muerte. No se puede demostrar científicamente que exista Dios, etc.

La mayoría de gente se posiciona en esas respuestas aprendidas y cuando quieres hablar con alguien sobre estos temas, los que son creyentes de la religión te responden más o menos en estos términos: “Es la voluntad de Dios. Solo él lo sabe. Nosotros no lo podemos comprender”. Y los que se han posicionado como cientificistas o creyentes de la ciencia, que creen saber más que los del primer grupo, te dicen: “Es fruto de la casualidad” o “No puede demostrarse científicamente”.
Había otro tercer grupo de gente que me respondía: “Mira. No lo sé. No sé cuáles son las respuestas a tus preguntas, pero no estoy interesado ni en preguntármelas ni en responderlas”.
Y cuando les respondo a todos: “Lo siento pero esas respuestas no me sirven. No me sirven porque no responden a mis preguntas”, los primeros me dicen: “Es por falta de fe. Cuando tengas fe no te hará falta saber más”. Los segundos me dicen: “Es porque te falta instrucción. La ciencia te dará la respuesta y verás que es la que yo te digo: ‘que está demostrado científicamente que no se puede demostrar científicamente’”. Los terceros me dicen: “Tengo una hipoteca que pagar, una familia que mantener, un coche que pagar, un fin de semana para irme de viaje. No me calientes la cabeza con esos temas porque ya tengo algo en lo que ocuparme”.

A los primeros les responderé que no puedo renunciar a intentar responder a mis preguntas. Creo que la única manera de renunciar es anulando mi voluntad, y no estoy dispuesto a hacerlo. A los segundos les diré que no es por falta de instrucción. He tenido esa instrucción. Soy doctor en Ciencias Químicas y jamás he llegado a la conclusión de que tenga que ponerme barreras a la exploración, que haya campos que no pueda explorar, solo porque no tenga un aparato para medirlo. Me tengo a mí mismo, me gastaré de aparato de mí mismo. Lo que yo perciba y sienta lo tendré tan en cuenta como si lo midiera un sofisticado aparato y asumiré que los demás también son aparatos de sí mismos. Y si hay algo que no soy capaz de detectar con mi aparato, les preguntaré a ellos qué han podido captar con sus aparatos vivientes, para ver si me sirve. A los terceros no les diré nada, porque no están ahí para escucharme.
Con todo esto no quiero decir que no haya encontrado cosas que me hayan llamado la atención y que me hayan servido en mi búsqueda de respuestas, pero ha sido más bien fuera de la oficialidad donde he encontrado las pistas. Precisamente eran las vivencias de otras personas las que más me interesaban. Eran cosas que te permitían explorar por ti mismo. Si otro lo había podido hacer antes que yo, tal vez yo también lo pudiera hacer. Dos cosas me llamaron especialmente la atención: los viajes astrales y la vida de un tal Jesús de Nazaret. Os suena este nombre, ¿no? Ya no estoy hablando de lo que la Iglesia dice de él. Me he documentado mucho, de muchas fuentes, oficiales y no oficiales, religiosas y laicas. Pero hay dos cosas en las que casi todas coinciden: que este hombre existió realmente y que lo que dijo e hizo causó un gran impacto en la humanidad. ¿Qué es lo que me llamó la atención? Pues su mensaje “Ama a tu enemigo, ama a cualquiera”.

No me diréis que en un mundo en el que las personas y los pueblos estaban en constantes luchas entre sí por cualquier motivo (casi como ahora), donde los dioses de todas las religiones se utilizaban para justificar cualquier propósito de conquista y guerra, el que aparezca alguien con ese mensaje tan a contracorriente de todos no resulta llamativo. No solo eso sino que además lo cumple con su ejemplo. O sea que no lo decía solo de boquilla, como estamos acostumbrados de nuestros políticos, que te prometen el oro y el moro y luego hacen lo contrario de lo que dicen. Pero, claro, ¡se ha escrito tanto y tanto de él, después de él, por otra gente que no fue él y que ni siquiera convivió con él! ¿Cómo saber lo que pasó realmente? ¿Qué es lo que dijo y lo que no dijo? Eso me intrigaba.
Dejo aparcado por ahora el tema de Jesús que, como veréis, surgirá de nuevo más adelante, y hablaré ahora acerca de los viajes astrales. Lo encontré en varios libros de diferentes autores. Estos afirmaban que uno mismo, mediante ciertas técnicas de relajación, puede conseguir separarse de su cuerpo. Eso es un viaje astral. Separarte de tu cuerpo. Increíble, ¿no? No solo me llamó la atención el hecho en sí de poder separarse del cuerpo. Los que lo habían conseguido afirmaban además que en ese estado podían realizar cosas asombrosas, como atravesar la materia o viajar casi instantáneamente a donde el pensamiento quisiera. Y no solo eso. Se encontraban como en un estado expandido de conciencia en el que comprendían claramente el propósito de la vida y de lo que hacemos en este mundo. Esto último me interesaba, me interesa mucho. Tal vez era la clave para encontrar las respuestas a mis preguntas. No tenía mucho que perder. Pensé: “Lo peor que puede pasarme es que no ocurra nada”. Así que me puse manos a la obra.

Todas las noches, antes de irme a dormir, practicaba el ejercicio de relajación. Así lo hice durante un mes sin que ocurriera nada, quiero decir sin que consiguiera separarme del cuerpo. Pero no es que no sintiera nada con la relajación. Me gustaba. Lo que habitualmente sentía era una vibración en la planta de los pies y luego esta vibración subía hasta las piernas hasta el punto de que dejaba de notarlas.
Un día esa vibración fue subiendo hacia arriba, más allá de las piernas, al tronco, el cuello, la cabeza. Llegó un momento en que ya no sentía mi cuerpo. Solo una vibración muy intensa y agradable. Y entonces ocurrió. ¡Plof! De repente sentí como si me proyectara rápidamente por un túnel a gran velocidad. Era una sensación increíble. No tengo palabras para describirla. En cuestión de segundos sentí como si hubiera viajado miles de millones de kilómetros a una velocidad vertiginosa, pero sin experimentar ningún tipo de mareo ni malestar. Poco a poco mi velocidad fue disminuyendo y pude ver dónde me encontraba. Era un lugar increíble, parecía como sacado de un cuento de hadas. Había un lago rodeado de una naturaleza bellísima, la cual no tengo palabras para describir. Todo, la luz, los colores, los aromas, los sonidos, todo, absolutamente todo, era embriagador. Y yo lo sentía tan intensamente como si formara parte de ello. Se respiraba una paz indescriptible. Yo estaba tan alucinado de todo lo que estaba viviendo y sintiendo que no podía pararme a pensar. Entonces es cuando noté que no estaba solo. Había alguien sentado en una piedra, cerca del agua.

Me quise acercar a él y, no sé cómo, llegué enseguida a donde él se encontraba. Parecía que, en aquel estado, con solo querer y pensar las cosas, ocurrían. Sentí que él me estaba esperando y no se sorprendió en absoluto al verme. Era un señor mayor, con el pelo y la barba largos y totalmente blancos, pero no parecía tener ninguno de los achaques de la edad que estamos acostumbrados a ver en los ancianos. Llevaba una especie de túnica blanca acordada en la cintura. Pero eso no era lo que más llamaba la atención de él. Lo que llamaba la atención era su mirada, una mirada tan maravillosa que creo jamás veré en este mundo. Tan dulce, tan penetrante, tan limpia, que me transmitía una sensación de tranquilidad y paz indescriptibles. Os puede parecer raro pero me sentía como si aquel anciano desconocido me traspasara de amor con su mirada hasta el punto de que ya ni se me ocurría pensar en lo extraño de aquella situación de tan a gusto que me encontraba.
A partir de ahora intentaré reproducir el diálogo que tuvimos, tanto el de aquella primera vez, como el de los sucesivos encuentros que tuve con aquel anciano maravilloso, que respondía al nombre de Isaías. Aquellos diálogos que tanto me han aportado, que me han cambiado tanto la vida, tan profundamente y para mejor, mucho mejor, y que quiero compartir con vosotros con el mínimo de interrupciones posibles, porque prefiero que sea de sus propias palabras, no de mis interpretaciones ni impresiones, que vosotros saquéis vuestras propias conclusiones.
Acomodaos tranquilamente, comienza la función.

VICENT GUILLEM

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