LAS BIENAVENTURANZAS
“Y, tomando la palabra, les enseñaba diciendo: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los Cielos”. (Mateo 5:2- 3).
Referencia paralela: “Y él, alzando los ojos hacia sus discípulos, decía: “Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios”. (Lucas 6:20)
Cuando Jesús enseñaba, les transmitía a sus discípulos – tanto a través de la voz como de los ojos- su divina fuerza vital y su sagrada vibración, a fin de que serenamente se sintonizaran con él y se llenasen de magnetismo divino, de manera que, mediante el entendimiento intuitivo, fueran capaces de recibir plenamente su sabiduría.
Los poéticos versículos de Jesús que comienzan con la palabra “Bienaventurados…” son conocidos como las Bienaventuranzas o Beatitudes. “Beatificar” es hacer supremamente feliz a alguien.
La beatitud o bienaventuranza significa la bendición – la dicha- del Cielo.
Jesús deja aquí asentada, con fuerza y simplicidad, una doctrina de principios morales y espirituales cuyo eco sigue resonando sin decrecer a lo largo de los siglos.
Por medio de estos principios, la vida del hombre queda bendecida, colmada de bienaventuranza celestial. La palabra “pobres”, tal como se halla expresada en la primera bienaventuranza, significa “desprovistos de todo engalanamiento superficial externo relacionado con la riqueza espiritual”. Aquellos que poseen verdadera espiritualidad jamás hacen alarde de ella; más bien expresan con naturalidad una humilde ausencia de ego y de sus vanagloriosos adornos.
Ser “pobre de espíritu” significa que uno ha despojado su propio ser interno, su espíritu, del deseo y apego por los objetos materiales, las posesiones terrenales, los amigos de mentalidad mundana y el amor humano egoísta.
Mediante la purificación inherente a esta renuncia interior, el alma se percata de que siempre ha poseído todas las riquezas del Reino Eterno de la Sabiduría y la Bienaventuranza, y desde ese momento reside en dicho Reino, comulgando sin cesar con Dios y sus santos.
La pobreza “de espíritu” no implica que hayamos de convertirnos necesariamente en indigentes, pues, al privarnos de aquello que es esencial para el cuerpo, la mente podría distraerse y apartarse de Dios.
Lo que en realidad significa es que no debemos conformarnos con las posesiones materiales en lugar de conseguir la abundancia espiritual. Las personas materialmente ricas pueden ser pobres en desarrollo espiritual interior si su opulencia provoca el hartazgo de los sentidos, en tanto que quienes han elegido ser materialmente “pobres” –quienes han simplificado las condiciones externas de su vida para dedicar tiempo a Dios- cosecharán beneficios espirituales y un grado tal de plenitud que ningún tesoro de este mundo podría jamás comprar.
Jesús elogió de esta manera a las almas que son pobres de espíritu, completamente libres del apego a la fortuna y a las metas mundanas personales por haber preferido la búsqueda de Dios y el servicio a los demás: “Sois benditos a causa de vuestra pobreza. Esta os abrirá las puertas hacia el reino de Dios, quien todo lo provee y os aliviará tanto de las necesidades materiales como de las espirituales por toda la eternidad.
¡Bienaventurados los que tenéis carencias y buscáis a Aquel que es el único que puede aliviar vuestras deficiencias para siempre¡.
Cuando el espíritu del hombre renuncia mentalmente al deseo por los objetos de este mundo, porque sabe que son ilusorios, perecederos, engañosos e impropios del alma, comienza a hallar el gozo verdadero en la adquisición de esas cualidades espirituales que le satisfacen de forma permanente. Al llevar con humildad una vida de simplicidad externa y de renunciación interior, saturada del gozo y la sabiduría celestiales del alma, el devoto finalmente hereda el reino perdido de la bienaventuranza inmortal.















