viernes, 19 de mayo de 2017

FRANCISCO DE ASÍS.- CAP. 19: LA CRUZADA DE SAN FRANCISCO


«Los hermanos que van entre sarracenos y otros infieles -dice Francisco en su Regla no bulada-, pueden conducirse espiritualmente entre ellos de dos modos. Un modo consiste en que no entablen litigios ni contiendas, sino que estén sometidos a toda humana criatura por Dios, y confiesen que son cristianos. El otro modo consiste en que, cuando vean que agrada al Señor, anuncien la palabra de Dios, para que crean en Dios omnipotente, Padre e Hijo y Espíritu Santo, creador de todas las cosas, y en el Hijo, redentor y salvador, y para que se bauticen y hagan cristianos, porque el que no vuelva a nacer del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios... Y todos los hermanos, dondequiera que estén, recuerden que ellos se dieron y que cedieron sus cuerpos al Señor Jesucristo. Y por su amor deben exponerse a los enemigos, tanto visibles como invisibles; porque dice el Señor: El que pierda su alma por mi causa, la salvará para la vida eterna» (1 R 16).

Animados sin duda de tales sentimientos, Francisco y su compañero Pedro Cattani dejaron, el día de San Juan Bautista de 1219 (24-VI), el puerto de Ancona embarcándose en la flota de los cruzados. La travesía hasta Tierra Santa duraba entonces un mes entero, de modo que nuestros misioneros llegaron a fines de julio a San Juan de Acre, donde fueron recibidos por Fray Elías. Tal vez Francisco llevó entonces consigo otros hermanos más, como parece indicarlo un relato sobre Fray Bárbaro, cuya acción se sitúa en Chipre (2 Cel 155). O bien se le juntaron en San Juan de Acre los hermanos que ya estaban en Palestina con Fray Elías. Lo cierto es que Francisco se encaminó de allí, con una partida de hermanos, al campamento de los cruzados, que habían puesto sitio a la ciudad egipcia de Damieta.
Dicho sitio duraba ya desde mayo de 1218, y no llevaba trazas de concluir, no obstante que cada día se empeñaban nuevos combates. Algunos días antes de la llegada de Francisco había habido una gran batalla en la que habían muerto más de dos mil sarracenos (20 de julio). El día 31 del propio mes los cruzados intentaron un ataque general a Damieta, pero fueron rechazados por los musulmanes dirigidos por dos expertos y valientes jefes, el sultán de Egipto Mélek-el-Kamel y su hermano el sultán de Damasco, Mélek-el-Moadden, llamado Conradino por los cristianos.
Mientras Francisco aguardaba el tiempo de poder continuar su misión entre los paganos, tuvo bastante que hacer en el campo de los cruzados, cuyo ejército se hallaba en el estado más deplorable desde el punto de vista moral. Sin embargo, después de la nueva gran derrota que sufrieron el 19 de agosto, en la que quedaron en el campo de batalla unos cinco mil cristianos, los corazones de los supervivientes se hallaron mejor dispuestos para escuchar las palabras de conversión que les predicaba el Santo. Sobre los resultados de esta predicación, véase cómo se expresa Jacobo de Vitry en carta fechada en Damieta en 1219 ó 1220 y dirigida a sus amigos de Francia:
«El señor Rainero, prior de San Miguel (iglesia de San Juan de Acre), ha ingresado en la Religión de los hermanos menores. Esta Religión se está multiplicando mucho por todo el mundo, porque busca expresamente imitar la forma de la primitiva Iglesia y llevar en todo la vida de los apóstoles... En esta misma Orden ha ingresado también Colino, el inglés, clérigo nuestro, y además otros dos de nuestros compañeros: el maestro Miguel y el señor Mateo, al que había encomendado la iglesia de Santa Cruz (en San Juan de Acre); y me veo en aprietos para retener junto a mí al chantre Juan de Cambrai, a Enrique y a otros más».
Pero el objeto del viaje de Francisco era sobre todo procurarse la ocasión de realizar su viejo sueño: predicar la palabra divina a los infieles. Después de la mencionada derrota, que Francisco había anunciado a los cruzados intentando disuadirles de la batalla (2 Cel 30), entraron ambas partes beligerantes en los preliminares para ajustar la paz, y tal vez Francisco se valió de este pretexto para presentarse a Mélek-el-Kamel juntamente con otro hermano que, según San Buenaventura, fue Fray Iluminado. Al llegar a las avanzadas de los sarracenos, fueron ambos aprehendidos y tratados duramente; pero Francisco se puso a clamar: «¡Sultán! ¡Sultán!», con lo que, por fin, obtuvo ser llevado a la presencia del jefe de los Creyentes. Éste parece que no se enojó por su predicación, sino que se limitó a despedir con benignidad al intrépido evangelista, encomendándose a sus oraciones.
Jacobo de Vitry relata así los acontecimientos en su Historia Oriental: «Hemos sido testigos de cómo el primer fundador y maestro de esta Orden, al que todos obedecen como a su principal prior, varón sencillo e iletrado, amado de Dios y de los hombres, llamado hermano Francisco, se hallaba tan penetrado de embriagueces y fervores de espíritu, que, cuando vino al ejército de los cristianos, que se hallaba ante los muros de Damieta, en Egipto, se dirigió intrépidamente a los campamentos del sultán de Egipto, defendido únicamente con el escudo de la fe. Cuando le arrestaron los sarracenos en el camino, les dijo: "Soy cristiano; llevadme a vuestro señor". Y, una vez puesto en presencia del sultán, al verlo aquella bestia cruel, se volvió todo mansedumbre ante el varón de Dios, y durante varios días él y los suyos le escucharon con mucha atención la predicación de la fe de Cristo. Pero, finalmente, el sultán, temeroso de que algunos de su ejército se convirtiesen al Señor por la eficacia de las palabras del santo varón y se pasasen al ejército de los cristianos, mandó que lo devolviesen a nuestros campamentos con muestras de honor y garantías de seguridad, y al despedirse le dijo: "Ruega por mí, para que Dios se digne revelarme la ley y la fe que más le agrada"». Según las Florecillas, el Sultán «concedió a Francisco y a sus compañeros que pudiesen predicar libremente donde quisieran. Y les dio una contraseña a fin de que no fuesen molestados de nadie».
No sabemos cuánto tiempo permaneció Francisco en el campamento de los cruzados. El 5 de noviembre Damieta cayó en poder de éstos, que la entraron a saco de un modo tan desenfrenado y feroz, que no pudo menos que horrorizar al compasivo y dulce misionero. Bien podemos imaginar que, ante tales escenas, Francisco se sintió obligado a sacudir el polvo de sus sandalias y, dejando la compañía de aquellas bestias salvajes, marcharse a Tierra Santa, que estaba allí vecina y hacia la cual se sentía irresistiblemente arrastrado. Nada impide suponer que celebró la Natividad de 1219 en Belén, la Anunciación de 1220 en Nazaret, la Semana Santa y la Resurrección en el huerto de Getsemaní y en el Calvario. Sus biógrafos, a la verdad, guardan alto silencio sobre este período de su vida; pero al verle organizar y celebrar tan a lo vivo la fiesta de Navidad en Greccio, no podemos menos de pensar que reproducía alguna otra celebración que había antes presenciado en Belén; y el gran milagro de la impresión de las llagas en el monte Alverna, ¿no podemos, acaso, considerarlo como una simple manifestación externa de íntimos sentimientos experimentados cuatro años antes, el viernes santo, en el sitio mismo de la crucifixión del Salvador?
Durante esta peregrinación Francisco recibió de Italia desconsoladoras noticias que le llevó un hermano lego llamado Esteban, quien, sin que nadie se lo mandara, partió para Tierra Santa a comunicar a Francisco lo que pasaba en su patria durante su ausencia. Y la verdad es que las noticias que llevaba eran por demás inquietantes y bastantes, por sí solas, a demostrar una vez más a Francisco lo difícil que era gobernar una comunidad tan numerosa, en la que, como observa con razón Jacobo de Vitry en su carta de 1219-1220, «se enviaban a través del mundo de dos en dos, no solamente a los religiosos ya formados, sino también a los jóvenes todavía imperfectamente formados, quienes más bien debieran ser probados y sometidos durante algún tiempo a la disciplina conventual».
En primer lugar, los dos vicarios de Francisco, Gregorio de Nápoles y Mateo de Narni, habían aprobado y decretado, probablemente en el Capítulo de San Miguel de 1219, con el apoyo de otros frailes más antiguos (fratres seniores), un nuevo reglamento sobre los ayunos, que hacía significativamente más estrictas las prescripciones de la regla primitiva sobre este punto. La regla no ordenaba más ayunos, fuera de los prescriptos para la Iglesia universal, que el del miércoles y viernes, pudiendo, sin embargo, los frailes, si lo deseaban, añadir el del lunes y sábado, con tal que Francisco se lo permitiera (Jordán de Giano, Crónica n. 11). Además, Fray Felipe, en su calidad de visitador de clarisas, había ido a Roma a recabar un decreto de excomunión contra todos aquellos que osasen molestar a sus protegidas.
Por último, Juan de Capella, seguido de un grupo de disidentes, había intentado separarse de la Orden y fundar otra nueva con nueva regla, cuya aprobación había ya solicitado de la Sede Apostólica.
Francisco se hallaba sentado a la mesa con Pedro Cattani cuando llegó Esteban con las malas noticias, y precisamente se preparaban a comer carne, y era uno de los días en que, según disposición de sus vicarios, los frailes no podían comer tal vianda. Entonces, echando una mirada al plato que tenía delante, dijo a su compañero:
-- «¿Señor Pedro, qué hacemos?
Y él respondió:
-- ¡Ah, señor Francisco!, lo que os parezca, ya que vos tenéis la autoridad.
Por fin, concluyó el bienaventurado Francisco:
-- Comamos, pues, como dice el Evangelio, la comida que nos han preparado».
Jordán de Giano, en su Crónica, narra estas escenas con más detalles.
Las nuevas disposiciones sobre el ayuno desagradaban a Francisco, no sólo por contrarias al espíritu evangélico y duras de observar en una Orden de predicadores errantes, sino porque, para hacerlas valederas, habían recurrido dos de sus discípulos a la Silla Apostólica en demanda de privilegios, y era, acaso, lo que más hondamente le disgustaba; más tarde estableció en su Testamento: «Mando firmemente por obediencia a todos los hermanos que, dondequiera que estén, no se atrevan a pedir documento alguno en la Curia romana, ni por sí mismos ni por interpuesta persona». Por otra parte, Francisco, que obligaba a sus frailes a evacuar los conventos que habitaban tan pronto como alguien les disputara la posesión de ellos: «Guárdense los hermanos -había escrito en la Regla primera-, dondequiera que estén, en eremitorios o en otros lugares, de apropiarse ningún lugar ni de defenderlo contra nadie» (1 R 7), se veía ahora en trance de tener que admitir que las clarisas estuvieran protegidas con bulas de excomunión contra quienes las molestaran. A Francisco debió de disgustarle también la noticia de que un fraile suyo, Fray Felipe, había sido constituido visitador de las clarisas. Es cierto que antes el mismo Francisco se había encargado de velar sobre las hermanas de San Damián; pero esto era un caso excepcional.
Para visitador de los nuevos conventos de clarisas, Francisco había pedido a Hugolino que se eligiera al monje cisterciense llamado Ambrosio. Éste falleció durante la ausencia de Francisco, y Fray Felipe lo sustituyó a instancias del mismo Cardenal. Por ello el fraile recibió del Santo una severa reprimenda. Y más severo castigo se llevó un cierto Fray Esteban que, con licencia de Felipe, había entrado en un monasterio de clarisas (cf. 2 Cel 206). Después de la muerte de S Francisco, Gregorio IX volvió a entregar el gobierno de las clarisas al general de los franciscanos, e Inocencio IV introdujo esta disposición en la Regla de Hugolino cuando la confirmó en 1247. La Regla propia de Santa Clara, de 1253, establece en su cap. XII: «Nuestro visitador sea siempre de la Orden de los Hermanos Menores según la voluntad y el mandato de nuestro cardenal», extendiendo así a todas las clarisas la práctica exclusiva de San Damián.
Pero volvamos a nuestra historia. Enterado, pues, por Fray Esteban, de todos estos abusos, resolvió Francisco poner pronto y eficaz remedio, y, en consecuencia, emprendió la vuelta a Italia sin pérdida de tiempo, acompañado de Pedro Cattani, Elías de Cortona, Cesáreo de Espira y algunos otros hermanos.
J. Joergensen

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