miércoles, 28 de junio de 2017

FRANCISCO DE ASÍS.- CAP. 28: LAS LECCIONES CRISTIANAS


Con la experiencia que, según hemos visto, tenía Francisco de la vida espiritual, no podía menos que ser un excelente director de sus discípulos.
Les enseñaba, sobre todo, a no temer las tentaciones. «Te digo en verdad -explicó a un hermano tentado- que nadie ha de creerse servidor de Dios hasta haber pasado por tentaciones y tribulaciones. La tentación vencida -añadió aún- es, en cierto modo, el anillo con que el Señor desposa consigo el alma de su siervo» (2 Cel 118). Otras veces tornaba a su imagen favorita del papel de guastaldi o gendarmes de Dios que desempeñan los demonios. Refiriéndose a Fray Bernardo de Quintaval, habló así: «Os digo que para probar al hermano Bernardo han sido asignados demonios muy astutos y los más malos entre los malos; pero, por más que se empeñen incansables en hacer caer del cielo la estrella, el resultado, sin embargo, será muy otro. Cierto que será atribulado, aguijoneado, congojado, pero al fin triunfará de todo.

Al acercársele la muerte, calmada toda tempestad, ya vencida toda tentación, disfrutará de admirable serenidad y paz, y al término de la carrera de la vida volará felizmente a Cristo» (2 Cel 48). Y, en efecto, así sucedió. En los últimos años de su vida se halló el alma de Bernardo completamente libre de lo terreno y, según la expresión de Fray Gil, «se alimentaba volando, como hacen las golondrinas». A veces se iba a los montes y durante veinte días y hasta un mes, según cuentan las Florecillas, andaba errando por las más altas cimas, absorto en le contemplación de las cosas del cielo. Al momento de morir dijo a los hermanos que le rodeaban: «Ni por mil mundos como éste que dejo consentiría yo en servir a otro amo que a mi Señor Jesucristo», y radiante de sobrehumana alegría voló a la patria de los santos (Flor 28 y 6).
Otro de los discípulos de San Francisco que era también muy molestado de graves tentaciones fue Fray Rufino, a quien, como a su maestro, andaba siempre soplando al oído el enemigo antiguo que perdía su tiempo y sus penitencias, porque no era del número de los predestinados. Un día se imaginó ver al mismo Jesucristo en persona que le decía: «¡Oh hermano Rufino! ¿A qué viene macerarse con penitencias y rezos, si tú no estás predestinado a ir a la vida eterna?
Créeme, yo sé muy bien a quiénes he elegido y predestinado, y no creas a ese hijo de Pedro Bernardone si te dice lo contrario. Y no le preguntes sobre esto, porque ni él ni ningún otro lo sabe, sino yo, que soy el Hijo de Dios. Créeme, pues, si te digo que tú eres del número de los condenados; y el hijo de Pedro Bernardone, tu padre, como también su padre, están condenados, y todos los que le siguen están engañados». Desde aquel mismo instante, densas tinieblas envolvieron el alma del mísero Rufino, y perdió toda la confianza y cariño que tenía por su maestro, y permanecía encerrado en su celda, sentado, cariacontecido, sin querer orar ni acudir a los oficios con los demás frailes. ¿A qué venía ya todo eso, si su destino era el fuego eterno en compañía del demonio y demás ángeles malos, y era el mismo Jesucristo quien se lo había asegurado?
En vano Francisco mandaba al hermano Maseo a buscarlo. Desazonado y furioso, respondía Rufino con brusquedad: «¿Qué tengo que ver yo con el hermano Francisco?» Por fin, fue éste en persona a sacar de las tinieblas a su pobre Rufino. Desde lejos ya empezó a gritarle: «¡Rufino, tontuelo!, ¿a quién has dado crédito?» Y acercándosele comenzó a demostrarle cómo era el diablo y no Cristo quien le había dicho que estaba condenado. Y le añadió Francisco: «Si vuelve otra vez el demonio a decirte: "Estás condenado", no tienes más que decirle: "¡Abre la boca, y te la llenaré de estiércol!", y verás cómo huye en cuanto tú le digas esto; señal de que es el diablo.
Y debías haber conocido que era del demonio al ver cómo endurecía tu corazón para todo bien; éste, en efecto, es su oficio. En cambio, Cristo bendito jamás endurece el corazón del hombre fiel, antes, al contrario, lo ablanda, como dice por la boca del profeta: Yo os quitaré el corazón de piedra y os daré un corazón de carne».
Con esto comprendió Rufino el engaño, le saltó el corazón dentro del pecho y, llorando amargamente, se arrojó a los pies de Francisco, entregándose de nuevo a su dirección. En seguida se levantó lloroso, pero feliz, esforzado y consolado. No tardó el demonio en aparecérsele otra vez en forma de Cristo; pero Rufino lo recibió intrépidamente y le dijo lo que Francisco le había enseñado. «El demonio, enfurecido, se fue inmediatamente, causando tal tempestad y cataclismo de piedras que caían del monte Subasio a una y otra parte, que por largo espacio de tiempo siguieron cayendo piedras hasta abajo; y era tan grande el ruido de las piedras chocando las unas con las otras al rodar, que se llenaba el valle del resplandor de las chispas. Al ruido tan espantoso que producían, salieron del eremitorio de las Cárceles, alarmados, San Francisco y sus compañeros para ver lo que ocurría, y pudieron ver aquel torbellino de piedras. Entonces, el hermano Rufino se convenció claramente de que había sido el demonio quien le había engañado. Volvió a San Francisco y se postró otra vez en tierra, reconociendo su pecado.
San Francisco le animó con dulces palabras y lo mandó totalmente consolado a su celda. Estando en ella devotamente en oración, se le apareció Cristo bendito, le enardeció el alma en el amor divino y (...) lo dejó lleno de tal alegría y dulzura de espíritu y elevación del alma, que día y noche estaba absorto y arrobado en Dios. Desde entonces fue de tal manera confirmado en gracia y en la seguridad de su salvación, que se halló cambiado en otro hombre, y hubiera estado día y noche en oración contemplando las cosas divinas si los demás le hubieran dejado. Por eso decía de él San Francisco que el hermano Rufino había sido ya canonizado en vida por Jesucristo y que él no dudaría, excepto delante de él, en llamarlo "San Rufino" aun estando vivo en la tierra» (Flor 29; cf. 2 Cel 124 y 32-33).
* * *
En la convivencia feliz de sus compañeros fieles, en medio de los encantos de la vida común y de las dulces conversaciones que con ellos mantenía durante su estancia en el valle de Rieti, lejos del mundanal ruido, Francisco se olvidaba de todo cuanto se hacía más allá de las montañas, se olvidaba de sus hermanos de Bolonia y de París, de los frailes palaciegos, de los estudiantes universitarios, de todos aquellos frailes, en suma, que vivían y obraban muy de otra manera de la que él habría deseado que obrasen y viviesen. Queriendo como contrarrestar la tristeza que le causaba el espectáculo de la vida de estos frailes, se puso a trazar una especie de modelo de hermano menor ideal, y en este quehacer empleaba sus ocios en aquella bendita soledad: «Sería buen hermano menor -decía- aquel que conjuntara la vida y cualidades de estos santos hermanos, a saber, la fe del hermano Bernardo, que con el amor a la pobreza la poseyó en grado perfecto; la sencillez y pureza del hermano León, que fue varón de altísima pureza; la cortesía del hermano Ángel, que fue el primer caballero que vino a la Orden y estuvo adornado de toda cortesía y benignidad; la presencia agradable y el porte natural, junto con la conversación elegante y devota, del hermano Maseo; la elevación de alma por la contemplación, que el hermano Gil tuvo en sumo grado; la virtuosa y continua oración del hermano Rufino, que oraba siempre sin interrupción, pues, aun durmiendo o haciendo algo, estaba siempre con su mente fija en el Señor.
La paciencia del hermano Junípero, que llegó al grado perfecto de paciencia por el perfecto conocimiento de su propia vileza, que tenía siempre ante sus ojos, y por el supremo deseo de imitar a Cristo en el camino de cruz; la fortaleza corporal y espiritual del hermano Juan de Lodi, que en su tiempo fue el más fuerte de todos los hombres; la caridad del hermano Rogerio, cuya vida toda y comportamiento estaban saturados en fervor de caridad; la solicitud del hermano Lúcido, que fue en ella incansable; no quería estar ni por un mes en el mismo lugar, pues, cuando le iba gustando estar en él, luego salía, diciendo: "No tenemos aquí la morada, sino en el cielo"» (EP 85).
Francisco experimentaba un gozo inmenso cuando encontraba, fuera del círculo de sus más íntimos compañeros, otros hermanos dignos de pertenecer a este pequeño grupo de fieles. Así sucedió el día en que un clérigo español le describió la vida penitente que hacían sus frailes en España: «Tus hermanos, que viven en un eremitorio pobrecillo de nuestra tierra -le dijo el viajero-, se habían reglamentado su forma de vida de tal modo, que la mitad de ellos atendía a los quehaceres de casa, y la otra mitad a la contemplación.
Así, cada semana la vida activa se tornaba contemplativa, y la quietud de los contemplativos activa. Un día, puesta la mesa y hecha la señal de llamada, acuden todos menos uno de los contemplativos de turno. Después de alguna espera se van a la celda para llamarlo a la mesa, a tiempo en que él, en una mesa más espléndida, era alimentado por el Señor. Y así es como le encuentran postrado rostro en tierra, tendido en forma de cruz, sin respiración ni movimiento que diera señales de vida. A su cabeza y a sus pies ardían dos candelabros, que con su resplandor alumbraban maravillosamente la celda. Le dejan en paz para no estorbar la unción, para no despertar a la amada hasta que ella quiera... De pronto el hermano vuelve en sí, se levanta luego y, acudiendo a la mesa, pide perdón por la tardanza». Semejante relato llenó de gozo el corazón de Francisco, que no pudo contenerse y exclamó: «Gracias te doy, Señor, santificador y guía de los pobres, que me has regocijado con tales noticias de mis hermanos. Bendice, te ruego, a aquellos hermanos con amplísima bendición y santifica con gracias especiales a cuantos por los buenos ejemplos hacen que su profesión sea fragante» (2 Cel 178).
Del mismo linaje de verdaderos franciscanos eran aquellos otros dos hermanos que, de muy lejos, llegaron una vez a Greccio a visitar a Francisco. El único motivo del viaje era ver al Santo y recibir de él la bendición hacía tiempo deseada. La vida del Santo en sus últimos años había venido a tal apartamiento del mundo, que ninguno de sus frailes osaba hablarle cuando le veían retirado orando en la soledad, y durante esas temporadas ellos se arreglaban sus asuntos como podían. Precisamente tal cosa pasaba el día en que llegaron nuestros peregrinos: Francisco acababa de partir para su retiro, y no se sabía cuándo volvería. Los extranjeros, que no podían esperar por mucho tiempo, quedaron desolados al ver la inutilidad de su viaje, y se decían el uno al otro:
«He aquí el castigo de nuestros pecados: evidentemente somos indignos de recibir la bendición de nuestro padre». Y emprendieron el descenso de la montaña, con el corazón lleno de tristeza, no obstante los fraternales consuelos que les prodigaron los otros hermanos que se ofrecieron a acompañarlos hasta el llano. De repente oyen una voz que los llama desde lo alto del monte; se vuelven y ven a Francisco de pie en el umbral de su celda. Ambos peregrinos caen de rodillas con el rostro vuelto hacia su padre y reciben, con intenso júbilo de sus almas, la bendición que él les imparte desde arriba, haciendo lentamente y con muchísimo afecto la señal de la cruz. Con esto, los dos peregrinos, doblemente contentos, porque habían logrado con ventaja su intento y un milagro, se volvieron alabando y bendiciendo al Señor (2 Cel 45).
Las diversas biografías nos han conservado muchos otros rasgos reveladores de la delicada y profunda ternura de Francisco para con sus hijos, así como de su maravilloso conocimiento de las almas. Conociéndose a sí mismo como se conocía, era natural que conociese también perfectamente a los demás, y ellos tenían la íntima convicción de que él penetraba hasta lo más secreto de sus corazones. Es la impresión que tuvo un día, por ejemplo, uno de los compañeros de Francisco, Fray Leonardo de Asís. Al volver de ultramar, el Santo, por la fatiga del camino y por su debilidad, tuvo que montar por algún tiempo sobre un asno. Fray Leonardo que le seguía, fatigado también él, y no poco, comenzó a decir para sí, víctima de la condición humana: «Los padres de él y los míos no se divertían juntos. ¿Por qué razón el hijo de Pedro Bernardone viaja en asno, y yo, que soy de más noble familia que él, voy a pie?» Iba pensando esto el hermano, cuando de pronto se desmontó el Santo y le dijo: «No, hermano, no está bien que yo vaya montado y tú a pie, pues en el siglo tú eras más noble y poderoso que yo», y lo invitó a subir en el jumento. Leonardo quedó sorprendido y todo ruborizado al reconocerse descubierto por el Santo. Se le postró a los pies, y, bañado en lágrimas, confesó su pensamiento, ya patente, y pidió perdón al tiempo que le suplicaba que volviese a montar (2 Cel 31).
Celano refiere también cómo Francisco descubrió los ocultos sentimientos de un hermano que, so pretexto de observar la ley del silencio, rehusaba confesarse (2 Cel 28). Por su parte, las Florecillas refieren que el Santo leyó en el corazón de Fray Maseo su enojo y murmuración por tener que partir de Siena sin despedirse del obispo (Flor 11).
Para todo género de tentaciones Francisco recomendaba siempre tres remedios: el primero era la oración; el segundo, la obediencia, con que uno se habitúa a cumplir la voluntad ajena; y el tercero, la alegría en el Señor, que ahuyenta siempre todos los pensamientos sombríos y perversos. Y al mismo tiempo que daba estos remedios, los tomaba él mismo, y era maestro aventajado en cuanto a usarlos. Desde que dejó el gobierno de la Orden tuvo siempre consigo un hermano a quien obedecía como superior suyo, importándole poco saber quién era este compañero: obedecía con igual rendimiento al último de los novicios de la Orden que a Bernardo o a Pedro Cattani. Siempre se mostraba satisfecho de los que le rodeaban, y si alguno de ellos decía o hacía algo que le disgustase, se retiraba callado a orar hasta que lograba vencer el mal humor, y nunca lo mencionaba a nadie.
Un día le pidieron los hermanos que les enseñara cómo era la perfecta obediencia, y él, describiendo al verdadero obediente con la imagen de un cadáver, respondió: «Toma un cadáver y colócalo donde quieras. Verás que, movido, no resiste; puesto en un lugar, no murmura; removido, no protesta. Y, si se le hace estar en una cátedra, no mira arriba, sino abajo; si se le viste de púrpura, dobla la palidez. Este es -añadió- el verdadero obediente: no juzga por qué se le cambia, no se ocupa del lugar en que lo ponen, no insiste en que se le traslade. Promovido a un cargo, conserva la humildad de antes; cuanto es más honrado, se tiene por menos digno» (2 Cel 152).
Francisco procuraba, por su parte, imitar al cadáver en la sumisión, y quería que sus verdaderos hermanos lo siguiesen en esto, como en todo lo demás. Per lo merito della santa ubbedienza, «por el mérito de la santa obediencia» mandó una vez Francisco a Fray Bernardo que le pisase en la boca en castigo de cierto mal pensamiento que había tenido contra él (Flor 3).
Hay incluso en los escritos de Francisco un pasaje en que la concepción de la obediencia reviste un carácter casi budista. Dice así: «La santa obediencia confunde a todas las voluntades corporales y carnales, y tiene mortificado su cuerpo para obedecer al espíritu y para obedecer a su hermano, y lo sujeta y somete a todos los hombres que hay en el mundo, y no únicamente a los hombres, sino también a todas las bestias y fieras, para que puedan hacer de él todo lo que quieran, en la medida en que les fuere dado desde arriba por el Señor» (SalVir 14-18).
Esto nos recuerda a los discípulos de Sakiamuni que se dejaban despedazar por los tigres antes que oponer resistencia al mal. Que tal modo de pensar no era en Francisco el resultado de un humor pasajero, lo prueba el caso que se cuenta, de que una vez se le pegó fuego al hábito; él tiró a apagarlo al principio, pero en seguida lo dejó, arrepentido de haber querido quitar «al hermano fuego» la carne que él deseaba devorar (EP 116-117).
Uno de los medios más eficaces para obtener la paz del alma era para Francisco la obediencia, entendida ésta en el sentido de renuncia completa a toda voluntad personal, de absoluta sumisión a todo mandamiento y a toda violencia. Tal era, por lo demás, la lección que Francisco había aprendido de su divino Maestro: «Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite el manto, no le niegues la túnica. A todo el que te pida, da, y al que tome lo tuyo, no se lo reclames... Si alguno viene donde mí y no odia... hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío... Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará» (Lc 6,29-30; 14,26; 9,24).
Otro de los medios recomendados por Francisco como indispensables para llegar a la perfecta paz interior, era la oración, pero la oración constante, «no interrumpida». Tomas de Celano describe a Francisco como «hecho todo él no ya sólo orante, sino oración», totus non tam orans quam oratio factus. Era como si no estuviera separado de la eternidad más que por un delgado tabique; con frecuencia se le otorgaba el favor singularísimo de oír las harmonías de los ángeles a través de aquel tabique. En esos instantes bienaventurados se quedaba en profundo silencio, interrumpía toda conversación con las criaturas, y los frailes que lo observaban, le veían cubrirse el rostro con el manto o con las manos; después le oían lanzar hondos suspiros o murmurar entre dientes palabras misteriosas; otras veces le veían menear la cabeza, como quien conversa con alguien. Cuando esto notaban, se salían sin meter ruido, pues bien sabían que él no gustaba de que le viesen cuando estaba en oración. Se dice que una vez el obispo iba a turbarle en su retiro, y al instante perdió el habla, y sin ella permaneció largo tiempo. Francisco, por su parte, celaba con gran esmero su devoción; para lo cual se levantaba muy temprano y sin hacer el menor ruido, a fin de no ser de nadie sentido; después se iba al bosque en busca de mayor tranquilidad para sus ejercicios. Más de una vez, sin embargo, un fraile que, llevado de la curiosidad, solía seguirle al bosque le vio rodeado de una gran luz y acompañado de Cristo, de la Virgen y de muchedumbre de ángeles y santos que conversaban con él.
Terminada su oración, se volvía a casa, pero prohibía que nadie le hablase sobre lo que había pasado en su retiro. Con frecuencia decía a sus discípulos: «Cuando el siervo de Dios es visitado por el Señor en la oración con alguna nueva consolación, antes de terminarla debe levantar los ojos al cielo y, juntas las manos, decir al Señor: "Señor, a mí, pecador e indigno, me has enviado del cielo esta consolación y dulcedumbre; te las devuelvo a ti para que me las reserves, pues yo soy un ladrón de tu tesoro". Y más: "Señor, arrebátame tu bien en este siglo y resérvamelo para el futuro". Así debe ser -añadía-; que, cuando sale de la oración, se presente a los demás tan pobrecillo y pecador como si no hubiera obtenido una gracia nueva» (2 Cel 94-100).
Además de la oración privada en el retiro, recomendaba Francisco la oración en común. Las Florecillas nos lo muestran orando en compañía de Fray León. En su Carta a toda la Orden da normas a sus hermanos para la recitación del breviario. A pesar de la extrema debilidad que siempre le aquejaba, nunca consentía en apoyarse al rezar el salterio con los frailes. En sus viajes siempre rezaba sus oraciones de pie y con la cabeza descubierta, y si iba a caballo, se apeaba para hacer sus rezos. Un día del mes de diciembre de 1223 venía de Roma, y por el camino le sorprendió una lluvia torrencial, la que, sin embargo, no le impidió rezar su breviario, ni continuó el viaje hasta después que terminó su rezo; y, como el compañero le riñese por semejante imprudencia, Francisco le respondió: «¿Por ventura no debe el alma tomar su alimento con igual reposo que el cuerpo?» (2 Cel 96). Otra vez, aprovechando sus ratos de ocio, había tallado un vaso de madera; una mañana sintió tocar a tercia a las 9, y acudió para rezarla; pero estando en su rezo se le vino al pensamiento el trabajo que había ejecutado, y de tal manera le ocupó la mente, que vino a distraerle por completo de los salmos, que iba recitando sólo con los labios. Pronto cayó en la cuenta de su distracción y de la causa que la producía. Y lo echó al fuego para que se quemase (2 Cel 97).
En verdad que Francisco tomaba en serio el acto de la oración. Hay costumbre entre los cristianos de prometerse los unos a los otros encomendarse a Dios mutuamente en la oración, y no siempre se cumplen tales promesas. Pero Francisco no lo entendía así. Una vez el abad del convento del San Justino, en Perusa, le pidió, acaso por pura fórmula, que rogase a Dios por él: apenas se había éste marchado, dijo el Santo a su compañero: «Hermano, espérame un poco, que quiero pagar la deuda contraída» (2 Cel 101).
Pero lo que sobre todo anhelaba Francisco era oír diariamente la santa misa, cosa que le era fácil, por cierto, cuando se hallaba en una ciudad o aldea, mas no en la montaña, en la soledad de los eremitorios, pues el camino de las Cárceles a Asís, o de las Celdas a Cortona era muy largo. Inestimable fue, por lo tanto, el favor que, en diciembre de 1224, hizo Honorio III a los frailes concediéndoles que pudiesen celebrar misa en sus eremitorios sobre un altar portátil. Desde aquel día nunca dejó Francisco de rogar a León o a Benito de Piratro, ambos sacerdotes, que le dijesen la misa; y si eso no era posible por no haber sacerdote a mano, pedía que, al menos, le leyesen el Evangelio, lo que hacía siempre uno de los hermanos hacia la hora del mediodía (EP 117).
En el breviario de San Francisco que, antes de 1260, Fray Ángel y Fray León entregaron a la abadesa del monasterio de Santa Clara en Asís, donde aún se conserva, hay una nota manuscrita de Fray León que dice así: «El bienaventurado Francisco adquirió este breviario para sus compañeros los hermanos Ángel y León, y quiso servirse de él para decir el oficio divino cuando gozaba de buena salud, como se contiene en la Regla. Y, cuando estaba enfermo y no podía recitar el oficio, quería, al menos, escucharlo. Y así lo vino haciendo mientras vivió. También hizo escribir este evangeliario. Y el día que no podía oír misa, por motivo de enfermedad o por cualquier otro notorio impedimento, se hacía leer el evangelio que aquel mismo día se leía en la iglesia durante la misa. Mantuvo esta práctica hasta su muerte. Pues solía decir: "Cuando no oigo misa, adoro el cuerpo de Cristo con los ojos de la mente en la oración, como lo adoro cuando lo veo en la misa". Y, una vez oído o leído el evangelio, el bienaventurado Francisco besaba siempre el evangelio con grandísima reverencia hacia el Señor» (BAC, p. 974).
El tercer medio para obtener la paz interna era, según la enseñanza de Francisco, la continua alegría. «Al demonio y a su comparsa -decía- toca estar tristes; a nosotros, en cambio, alegrarnos y gozarnos en el Señor». Decía también que la tristeza es el «mal babilónico», porque lleva de nuevo, en este mundo, a la ciudad de Babel, ya abandonada. Cuando el alma anda triste, sola y atribulada, más fácilmente se vuelve hacia los consuelos exteriores y los placeres vanos del mundo. Por eso no se cansaba de inculcar las palabras del Apóstol: «Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres» (Flp 4,4). No quería ver en torno a sí rostros abatidos ni caras mustias; trataba de que sus hermanos no fuesen unos soñadores melancólicos, sino hijos de la luz. Y a los que le preguntaban cómo era posible conseguir semejante continuo gozo, respondía que «la alegría espiritual trae su origen de la pureza del corazón y se adquiere por la devota oración».
Sólo el pecado y la tibieza son capaces de extinguir u oscurecer la luz espiritual que debe brillar en los corazones. Si el espíritu se enfría y poco a poco se hace infiel a la divina gracia, entonces se levantan la carne y la sangre pretendiendo dominarlo y apropiárselo todo (2 Cel 125-128; EP 95-96).
Pero es condición indispensable para disfrutar de esta divina alegría, permanecer libres no sólo de todo pecado mortal, sino de toda falta, aun la más leve. Basta la presencia de la más pequeña mota de polvo en el ojo para perturbar o impedir la vista corporal. Y Francisco enseñaba a sus discípulos a evitar cuidadosamente todas las motas de polvo de ese género, y en particular les advertía que evitasen las familiaridades con mujeres. Él mismo, en presencia de una mujer, tenía siempre los ojos fijos en el suelo o elevados al cielo; y cuando la conversación con ella llevaba camino de prolongarse más de lo justo, la cortaba en seco. Una vez, cerca de Bevaña, le atendieron a él y a su compañero dos piadosas mujeres, madre e hija, llevándoles lo que necesitaban; el Santo, en agradecimiento, las confortó con todo género de sabios consejos y piadosas conversaciones, pero sin mirarlas al rostro. Cuando ellas se fueron, el compañero le preguntó: «Hermano, ¿por qué no has mirado a esa virgen santa, consagrada a Dios, que ha venido a ti con tanta devoción?» Y Francisco le respondió: «¿Quién no tendrá reparo en mirar a una esposa de Cristo?». Para Francisco, toda mujer piadosa era una prometida de Cristo; por eso, considerándose a sí mismo como el menor de los siervos del Señor, nunca osaba mirar a tales personas (2 Cel 114). Es la misma lección que se deduce de la parábola que solía repetir el Santo contra la falta de modestia en mirar a las mujeres: uno de los mensajeros del rey fue despedido del palacio por haberse atrevido a poner los ojos en la esposa del monarca (2 Cel 113).
Se comprende, pues, que el divino Maestro recompensara tan completa y absoluta renuncia de todo lo terreno con una alegría igualmente completa y perfecta. Había momentos, y aun horas enteras, en que esta alegría tomaba forma de canto íntimo, y él lo entonaba con la voz externa, frecuentemente en francés, como en otro tiempo cuando, en compañía de Fray Gil, iba por las calles de Asís anunciando el Evangelio. Y mientras más dulce era la interior melodía, más alto levantaba él la voz para traducirla. A veces tomaba dos trozos de leño, apoyaba el uno debajo de la barba, como se hace con la viola, y le frotaba con el otro, a guisa de arco, y seguía cantando cada vez más alto, cada vez con más entusiasmo al son de aquella música que sólo él oía, y que acompañaba hasta con rítmicos movimientos del cuerpo. Por fin, la emoción le dominaba por completo, y entonces arrojaba la viola y el arco, y, deshecho en lágrimas abrasadoras, se arrobaba en sublime y delicioso éxtasis (EP 93; 2 Cel 127).
Juan Joergensen

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