jueves, 25 de enero de 2018

ANAM CARA: CAPITULO 18

El cuerpo como espejo del alma

El cuerpo es un sacramento. Nada lo expresa mejor que la antigua definición tradicional de sacramento, la señal visi­ble de la gracia invisible. Esta definición reconoce sutil­mente cómo el mundo invisible se expresa en el visible. El deseo de expresión yace en lo más profundo del mundo in­visible. Toda nuestra vida interior y la intimidad del alma anhelan encontrar un espejo exterior. Anhelan una forma que les permita ser vistas, percibidas, palpadas. El cuerpo es el espejo donde se expresa el mundo secreto del alma. Es un umbral sagrado, merece que se lo respete, cuide y com­prenda en su dimensión espiritual. Este sentido del cuerpo encuentra una bella expresión en una frase asombrosa de la tradición católica: El cuerpo es el templo del Espíritu San­to. El Espíritu Santo mantiene alerta y personificada la inti­midad y la distancia de la Trinidad. Decir que el cuerpo es el templo del Espíritu Santo es reconocer que está imbuido de una divinidad salvaje y vital. Este concepto teológico revela que lo sensorial es sagrado en el sentido más profundo.

El cuerpo también es muy veraz. Sabes que por tu pro­pia vida rara vez miente. Tu mente puede engañarte y alzar toda clase de barreras entre tú y tu naturaleza; pero tu cuerpo no miente. Si lo escuchas, te dirá cómo se encuentra tu vida y si la vives desde el alma o desde los laberintos de tu negativismo. La inteligencia del cuerpo es maravillosa. Todos nuestros movimientos, todo lo que hacemos, exige a cada uno de nuestros sentidos la más fina y detallada coo­peración. El cuerpo humano es la totalidad más compleja, sutil y armoniosa.





El cuerpo es tu única casa en el universo. Es la casa de tu comunión con el mundo, un templo muy sagrado. AI contemplar en silencio el misterio de tu cuerpo, te acercas a la sabiduría y la santidad. Desgraciadamente, sólo cuando estamos enfermos comprendemos lo tierna, frágil y valio­sa que es la casa de comunión que llamamos cuerpo. Cuando uno trabaja con personas enfermas o que aguardan una in­tervención quirúrgica, conviene alentarlas a que hablen con la parte de su cuerpo que está mal. Que le hablen como a un socio, le agradezcan los servicios prestados y los pade­cimientos sufridos y le pidan perdón por las presiones que haya soportado. Cada parte del cuerpo atesora los recuer­dos de sus propias experiencias.

Tu cuerpo es esencialmente una multitud de miem­bros que trabajan armoniosamente para que tu comunión con el mundo sea posible. Debemos evitar este dualismo falso que separa el alma del cuerpo. El alma no se limita a estar en el cuerpo, oculta en alguno de sus recovecos. Antes bien, sucede lo contrario. Tu cuerpo está en el alma, que te abarca totalmente. Por eso te rodea una bella y secreta luz del alma. Este reconocimiento sugiere un nuevo arte de la oración: cierra los ojos y relaja tu cuerpo. Imagina que te rodea una luz, la de tu alma. Luego, con tu aliento, intro­duce esa luz en tu cuerpo y llévala a todos los rincones.

Es una bella forma de rezar porque introduces la luz del alma, el refugio esquivo que te rodea, en la tierra física y la arcilla de tu presencia. Una de las meditaciones más antiguas consiste en imaginar que exhalas la oscuridad, el residuo de carbón. Conviene estimular a los enfermos a que recen físicamente de esta manera. Cuando introduces la luz purificadora del alma en tu cuerpo, curas las partes des­cuidadas que están enfermas. Tu cuerpo tiene un conoci­miento íntimo de ti; conoce íntegros tu espíritu y la vida de tu alma. Tu cuerpo conoce antes que tu mente el privilegio de estar aquí. También es consciente de la presencia de la muerte.
 En tu presencia física corporal hay una sa­biduría luminosa y profunda. Con frecuencia las enfer­medades que nos asaltan son producto del descuido de noso­tros mismos, de que no escuchamos la voz del cuerpo. Sus voces interiores quieren hablarnos, comunicarnos las verdades que hay bajo la superficie rígida de nuestra vida exterior.






Para los celtas, lo visible y lo invisible son uno. El cuerpo ha sido una presencia desdeñada y negativa en el mundo de la espiritualidad porque se asocia al espíritu con el aire más que con la tierra. El aire es la región de lo invisi­ble, del aliento y el pensamiento. Cuando se limita el espíritu a esta región, se denigra lo físico. Éste es un gran error, por­que nada en el mundo es tan sensual como Dios. El desen­freno de Dios es su sensualidad. La naturaleza es la ex­presión de la imaginación divina. Es el reflejo más íntimo del sentido de la belleza de Dios. La naturaleza es el espejo de la imaginación divina, la madre de toda sensualidad; por eso es contrario a la ortodoxia concebir el espíritu exclusiva­mente en términos de lo invisible. Paradójicamente, el po­der de la divinidad y el espíritu deriva de esta tensión entre lo visible y lo invisible. Todo lo que existe en el mundo del alma aspira vivamente a adquirir forma visible; allí reside el poder de la imaginación.

La imaginación es el puente entre lo visible y lo invisi­ble, la facultad que los correpresenta y coarticula. En el mundo celta existía una maravillosa intuición de cómo lo visible y lo invisible entraban y salían uno del otro. En el oeste de Irlanda abundan las historias de fantasmas, espíritus

o hadas asociados con determinados lugares; para los lugareños, estas leyendas eran tan familiares como el paisaje. Por ejemplo, existe una tradición de que jamás se debe ta­lar un arbusto aislado en un campo porque puede ser un lugar de reunión de los espíritus. Existen muchos lugares considerados fortalezas de las hadas. Los lugareños jamás construían allí ni hollaban aquella tierra sagrada.



Los hijos de Lir



Uno de los aspectos asombrosos del mundo celta es la idea del cambio de forma, que sólo es posible cuando lo físico es vital y pasional. La esencia o alma de una cosa no se limita a su forma particular o presente. El alma posee una fluidez y energía que no admite ser encerrada en una forma rígida. Por consiguiente, en la tradición celta, hay un constante fluir entre el alma y la materia, como entre el tiempo y la eternidad. El cuerpo humano también participa en este rit­mo. Uno de los ejemplos más conmovedores de esto es la bella leyenda celta de los hijos de Lir.

El mundo mitológico de los Tuaithe Dé Dannan, la tri­bu que vivía debajo de la superficie de Irlanda, era muy importante para la mentalidad irlandesa; este mito ha dado a todo el paisaje una dimensión y una presencia sobrecogedoras. Lir era un cabecilla en el mundo de los Tuaithe Dé Dannan y estaba en conflicto con el rey de la región. Para resolverlo, se llegó a un acuerdo matrimonial: el rey tenía tres hijas y ofreció a Lir que se casara con una. Tuvieron dos hijos y después otros dos, pero desgraciadamente la es­posa de Lir murió. Lir acudió al rey, que le entregó a su se­gunda hija. Ella cuidaba bien a la familia, pero al ver que Lir dedicaba casi toda su atención a los niños empezó a sentir celos. Para colmo, su padre el rey también demostraba un singular afecto por los niños. Los celos crecieron en su co­razón hasta que un día se llevó a los niños en su carro y con su vara mágica de los druidas los transformó en cisnes. Du­rante novecientos años tuvieron que errar por los mares de Irlanda. Bajo sus formas de cisne, conservaban su mente e identidad plenamente humanas. Cuando el cristianis­mo llegó a Irlanda, recuperaron su forma humana como ancianos decrépitos. Qué conmovedora es la descripción de su tránsito por la soledad como formas animales imbuidas de presencia humana. Esta historia profundamente celta muestra cómo el mundo de la naturaleza tiende un puente al mundo animal. También demuestra la profunda con­fluencia de intimidad entre el mundo humano y el animal. Como cisnes, el canto de los hijos de Lir tenía el poder de curar y consolar a las personas. El patetismo de la historia se ve profundizado por la vulnerabilidad del mundo ani­mal al humano.





Los animales son más antiguos que nosotros. Apare­cieron sobre la superficie de la Tierra muchos milenios antes que los humanos. Son nuestros hermanos más antiguos. Su presencia carece de fisuras: tienen una lírica unidad con la Tierra. Viven en el viento, en las aguas, en los montes y la arcilla. El conocimiento de la Tierra está en ellos. El silen­cio afín al zen y la inmediatez del paisaje se reflejan en su si­lencio y la soledad. Los animales nada saben de Freud, Jesús, Buda, Wall Street, el Pentágono o el Vaticano. Viven fuera de la política de las intenciones humanas. De alguna manera habitan la eternidad. La mentalidad celta reconocía el arraigo y la sabiduría del mundo animal. La dignidad, be­lleza y sabiduría del mundo animal no se veían reducidas por falsas jerarquías o la soberbia humana. En algún lugar de la mente celta existía la percepción fundamental de que los humanos son los herederos de este mundo más profun­do. Así lo expresa de manera festiva este poema del siglo IX.



El erudito y su gato

Yo y Pangur blanco practicamos cada uno su arte particular: su mente está empeñada en la caza, la mía en mi oficio.

Yo amo —es mejor que la fama— la quietud con mis libros, la búsqueda diligente de la sabi­duría. Blanco Pangur no me envidia: ama su ofi­cio infantil.

Cuando los dos —esto nunca nos hastía— esta­mos solos en la casa, tenemos algo a lo que po­demos aplicar nuestra destreza, un juego inter­minable.

A veces sucede que un ratón queda atrapado en su red como resultado de belicosas batallas. En cuanto mí, mi red atrapa una norma difícil de conocimiento arduo.

Aunque estamos así en cualquier momento, ninguno estorba al otro: cada uno ama su oficio y se complace individualmente en su ejercicio.



Para los celtas, el mundo siempre es, de manera latente y activa, espiritual. La profundidad de este flujo recíproco también se expresa en el poder del lenguaje en el mundo celta. El lenguaje podía causar sucesos y adivinarlos. Con cánticos y sortilegios se podía revertir el curso de un desti­no negativo para dar lugar a algo nuevo y bueno. En el mundo sensorial de este pueblo, no había barreras entre el alma y el cuerpo. Cada uno era natural para el otro. Cuerpo y alma eran hermanos. Aún no existía esa escisión negativa de la moral dualista cristiana que más adelante haría tanto daño a estas bellas presencias encerradas en un abrazo común. El mundo de la conciencia celta poseía esta espiritualidad sensual unificada y lírica.

Al recuperar el sentido de lo sagrado del cuerpo pode­mos alcanzar nuevos niveles de curación, creatividad y co­munión. La poesía de Paul Celan posee una sensualidad diestra y sutil; con el lenguaje de los sentidos nos permite acceder a su mundo espiritual profundo y complejo:

No busques tu boca en mis labios, ni al extraño delante de la puerta, ni la lágrima en el ojo.

El mundo de los sentidos sugiere otro más profundo, pictórico de luz y posibilidad.



Una espiritualidad de la transfiguración



La espiritualidad es el arte de la transfiguración. No debe­mos forzamos a cambiar adecuándonos violentamente a una forma predeterminada. No es necesario funcionar de acuer­do con la idea de un programa o plan de vida predetermi­nados. Más bien debemos practicar un arte nuevo, el de pres­tar atención al ritmo interior de nuestros días y nuestra vida. Así adquiriremos una nueva conciencia de nuestra pre­sencia divina y humana. Todos los padres conocen un ejemplo dramático de esta clase de transfiguración. Vigilan cuidadosamente a sus hijos, pero éstos un buen día los sor­prenden: los reconocen, pero su conocimiento de ellos re­sulta insuficiente. Hay que volver a escucharlos.

La idea de la atención es mucho más creativa que la de la voluntad. Con excesiva frecuencia, la gente trata de cam­biar su vida, esgrimiendo la voluntad como una suerte de martillo para darle la forma adecuada. El intelecto identifi­ca el objetivo del plan y la voluntad obliga a la vida a tomar la forma correspondiente. Es una forma exterior y violenta de afrontar lo sagrado de la propia presencia. Te expulsa con falsedades de ti mismo y puedes pasar años perdido en la selva de "tus programas mecánicos. espirituales. Puedes morir de una sed que tú mismo has causado. "

Si trabajas con otro ritmo, volverás fácil y naturalmen­te a tu propio yo. Tu alma conoce la geografía de tu destino. Sólo ella tiene el mapa de tu futuro; por eso puedes confiar en este aspecto indirecto, oblicuo de tu yo. Si lo ha­ces, te llevará donde quieres ir; más aún, te enseñará un rit­mo benigno para tu viaje. Este arte del ser no conoce prin­cipios generales. Pero la signatura de este viaje singular está grabada profundamente en tu alma. Si te ocupas de tu yo y tratas de acceder a tu propia presencia, hallarás el ritmo exacto de tu vida. Los sentidos son caminos generosos para llegar a tu casa.



Si prestas atención a tus sentidos, podrás alcanzar una renovación, más aún, una transfiguración total de tu vida. Tus sentidos son los guías para llegar a lo más profundo del mundo interior de tu corazón. Los mayores filósofos coin­ciden en que el conocimiento llega en gran medida por medio de los sentidos. Éstos son nuestros puentes al mundo. La piel humana es porosa; el mundo fluye a través de ti. Tus sentidos son poros enormes que permiten que entre el mundo. Si estás en sintonía con la sabiduría de tus sentidos, jamás serás un exiliado en tu propia vida, un forastero perdi­do en un lugar espiritual exterior construido por tu voluntad y tu intelecto.



Los sentidos como umbrales del alma



Durante mucho tiempo hemos creído que lo divino está fuera de nosotros. Llevados por esta convicción, hemos tensado nuestros anhelos hasta un grado desastroso. Es una gran soledad, ya que es el anhelo humano lo que nos vuelve santos. El anhelo es lo más bello que hay en nosotros; es espiritual, posee profundidad y sabiduría. Si lo en­focas en una divinidad remota, lo sometes injustamente a una tensión. Así, sucede que el anhelo busca lo divino, pero el exceso de tensión lo obliga a replegarse sobre sí mis­mo en forma de cinismo, vacío o negativismo. Así se puede destruir una vida hermosa. Pero no es necesario someterlo a tensión alguna. Si creemos que el cuerpo está en el alma y que ésta es un lugar sagrado, la presencia de lo divino está aquí, cerca de nosotros.

Por estar el cuerpo dentro del alma, los sentidos son los umbrales hacia ella. Cuando tus sentidos se abren por primera vez al mundo, la primera presencia que encuen­tran es la de tu alma. Ser sensual o sensorial es estar en pre­sencia de la propia alma. Wordsworth, quien conocía la dignidad de los sentidos, escribió que «el placer es el tribu­to que debemos a nuestra dignidad como seres humanos». Es una visión profundamente espiritual. Tus sentidos te vinculan íntimamente con lo divino que hay en ti y a tu al­rededor. Al sintonizar con los sentidos, puedes devolver flexibilidad a una creencia que se ha vuelto rígida y suavi­dad a una visión encallecida. Puedes abrigar y curar esos sentimientos atrofiados, barreras que nos destierran de nosotros mismos y nos separan de otros. Entonces ya no estamos desterrados de esa maravillosa cosecha de divini­dad que se recoge secretamente en nuestro interior. Aun­que veremos cada sentido por separado, es importante comprender que siempre actúan juntos. Se superponen. Lo vemos en las variadas reacciones ante el color. Esto significa que la percepción del color no es meramente visual.

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