miércoles, 7 de febrero de 2018

ANAM CARA: CAPITULO 21


TU SOLEDAD ES LUMINOSA
El mundo del alma es secreto
Nací en un valle de piedra caliza. Vivir en un valle es tener un cielo secreto. La vida está enmarcada por el horizon­te. Éste protege la vida, pero a la vez remite constantemente al ojo a nuevas fronteras y posibilidades. La presencia del océano acentúa el misterio del paisaje. Durante millones de años se ha desarrollado una antigua conversación entre el coro del océano y el silencio de la piedra.
En este paisaje no hay dos piedras idénticas. Cada una tiene un rostro propio. Con frecuencia, la caricia de la luz destaca la presencia tímida de cada piedra. Se diría que un dios desenfrenado y surrealista creó este paisaje. Las pie­dras, siempre pacientes y mudas, celebran el silencio del tiempo. El paisaje irlandés está lleno de recuerdos; contie­ne las ruinas y. los rastros de civilizaciones antiguas. El pai­saje tiene una curvatura, un color y una forma desconcertantes para el ojo que anhela la simetría o la sencillez li­neal.

El poeta W. B. Yeats se refirió a él en estos términos:
«... ese color austero y esa línea delicada son nuestra disci­plina secreta». Basta andar unos kilómetros para que cambie el paisaje, que ofrece constantemente vistas nuevas, sor­presas para el ojo, incitaciones para la imaginación. Posee una complejidad salvaje y a la vez serena. En cierto sentido, refleja la naturaleza de la conciencia celta.
El intelecto celta jamás se sintió atraído por la línea sencilla; siempre evitó las formas de mirar y de ser que bus­can satisfacción en la certeza. La mente celta profesaba gran respeto hacia el misterio del círculo y la espiral. El círculo es uno de los símbolos más antiguos y poderosos. El mun­do es un círculo; también lo son el Sol y la Luna. El tiempo mismo es de naturaleza circular; el día y el año se expresan con círculos. Lo mismo sucede con la vida de cada individuo en su nivel más íntimo. El círculo jamás se entrega total­mente al ojo o la mente, pero ofrece una confiada hospita­lidad a lo complejo y misterioso; abarca simultáneamente la profundidad y la altura. Jamás reduce el misterio a una sola dirección o preferencia. La paciencia con esta reserva es una de las intuiciones profundas de la mente celta. El mundo del alma es secreto. Lo secreto y lo sagrado son her­manos. Cuando no se respeta el secreto, se desvanece lo sa­grado. Por consiguiente, la reflexión no debe enfocar una luz excesivamente fuerte o agresiva sobre el mundo del alma. La luz de la conciencia celta es tenue como una pe­numbra.
El peligro de la visión de neón
Nuestro tiempo padece una sed espiritual sin precedentes. Cada vez hay más personas que despiertan al mundo inte­rior. El hambre y la sed de lo eterno cobran vida en su alma; es una nueva forma de conciencia. Pero uno de los aspec­tos dañinos de esta sed espiritual es que echa una luz severa e insistente sobre todo lo que ve. La luz de la conciencia moderna no es suave ni reverente; no demuestra magnani­midad en presencia del misterio; quiere desentrañar y con­trolar lo desconocido. La conciencia moderna es similar a la luz blanca fuerte y brillante de un quirófano. Esta luz de neón es demasiado directa y clara para ofrecer su amis­tad al mundo umbrío del alma. No acoge de buen grado lo que es discreto y oculto. La mente celta profesaba un respe­to extraordinario por el misterio y la hondura del alma in­dividual.
Los celtas que reconocían que cada alma tiene su pro­pia forma; la vestimenta espiritual de una persona jamás le cae bien al alma de otra. Obsérvese que la palabra revela­ción deriva de revelare, es decir, volver a velar. Vislumbra­mos el mundo del alma a través de una apertura en un velo que vuelve a cerrarse. No hay acceso directo, permanen­te o público a lo divino. Cada destino tiene una curvatura única que debe encontrar su propia comunión y orienta­ción espiritual. La individualidad es la única puerta hacia nuestro potencial y bendición espiritual.
Cuando la búsqueda espiritual es demasiado intensa y ávida, el alma permanece oculta. El alma jamás puede ser percibida en su integridad. Se encuentra más cómoda en una luz que admite la sombra. Antes de que existiera la electricidad, a la noche se encendían velas. Ésta es la luz ideal para acoger la oscuridad; ilumina suavemente las ca­vernas e incita a la imaginación. La vela permite que la os­curidad conserve sus secretos. En su llama hay sombras y color. La percepción a la luz de la vela es la forma de luz más apropiada y respetuosa para acercarse al mundo inte­rior. No impone al misterio nuestra torturada transparen­cia. La mirada fugaz es suficiente. La percepción a la luz de la vela demuestra la delicadeza y el respeto apropiados al misterio y la autonomía del alma. Semejante percepción se siente cómoda en el umbral. No necesita ni desea invadir el temenos donde reside lo divino.
En nuestro tiempo se utiliza el lenguaje de la psicología para abordar el alma. Es ésta una ciencia maravillosa. En muchos sentidos, ha sido el explorador lanzado a la aven­tura heroica de descubrir el mundo interior virgen. En nuestra cultura de inmediatez sensorial, la psicología ha abandonado en buena medida la fecundidad y la reveren­cia del mito y sufre la tensión de la conciencia de neón, que es impotente para recuperar o abrir el mundo del alma en toda su densidad y profundidad. El misticismo celta reco­noce que en lugar de descubrir el alma u ofrecerle nuestros débiles cuidados, debemos permitir que ella nos descubra y nos cuide. Su actitud es de ternura para con los senti­dos y carente de agresividad espiritual. Las historias, la poesía y la oración celtas se expresan en un lenguaje que evidente­mente antecede al discurso, un lenguaje de observación lí­rica y reverente. En ocasiones recuerda la pureza del haiku japonés. Sobrepasa el nudoso lenguaje narcisista de la autorreflexión para crear una forma lúcida de palabras a través de la cual resplandecen la naturaleza y la divinidad en su hondura sobrenatural. La espiritualidad celta reco­noce la sabiduría y la luz lenta que pueden cuidar y dar profundidad a tu vida. Cuando despierta el alma, tu desti­no se agita al impulso de la creatividad.
Aunque el destino se revela lenta y parcialmente, in­tuimos su intención en el rostro humano. Siempre me ha fascinado la presencia humana en un paisaje. Cuando uno camina por las montañas y se encuentra con otro, tiene una fuerte conciencia de que el rostro humano es como un icono proyectado contra la soledad de la naturaleza. La cara es un umbral donde un mundo contempla el exterior y otro mira su propio interior. Los dos mundos se reúnen en la cara. Detrás de cada una hay un mundo oculto que nadie puede ver. La belleza de lo espiritual reside en la pro­fundidad de una amistad interior que puede cambiar total­mente lo que se toca, ve y palpa. En cierto sentido, la cara es el lugar donde el alma se vuelve indirectamente visible. Pero el alma sigue siendo esquiva porque la cara no puede expresar directamente todo lo que se intuye y siente. No obstante, con la edad y la memoria la cara refleja gradual­mente la travesía del alma. Cuanto más anciano es el ros­tro, mayor la riqueza del reflejo.

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